Nueva York, siete de enero de 1943.
En la habitación tres mil trescientos veintisiete del Hotel New Yorker encuentra muerto a un hombre de ochenta y seis años.
Vive solo, casi sin dinero, rodeado de papeles llenos de fórmulas y dibujos técnicos.
Es Nikola Tesla, uno de los ingenieros más influyentes de la era moderna.
Dos días después, el gobierno estadounidense incauta sus documentos: "El país está en guerra y cualquier proyecto con posible valor militar despierta interés".
Entre esos papeles hay referencias a un sistema del que Tesla llevaba años hablando, el Teleforce.
La prensa lo bautizó con un nombre mucho más impactante: "El rayo de la muerte".
En 1934, había declarado al New York Times que trabajaba en un arma defensiva capaz de lanzar partículas a enorme velocidad y derribar aviones a gran distancia, una especie de muro invisible que protegería fronteras enteras.
Nunca presentó Una demostración pública, pero su nombre era demasiado imponente como para ignorarlo.
Y ahí está la paradoja: el hombre que ayudó a transformar el mundo con la electricidad, terminó defendiendo una tecnología concebida como escudo militar.
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